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El rumor a helar los rabos a lo largo de las argollas agotando cada huella (la luna tan dentro, la visi?n sabida) cuando m?s que dudosa ciénaga era en desaire de cielo la soluci?n de los mismos por la cripta del ojo al darse adem?s del rozar resplandeciente de la anguila hacia la isla del comienzo: todo dividido en la bestia por durar. Pero en tales lados donde los labios hu?an inquietados a osar su misterio de décimas adonceladas por el roc?o, se iban dejando desliar los plisados de una seda de casi nadie en la edad airada del error que a lo hermoso de muy cerca, y a lo bello también ve?a. El fin a encontrarse con el principio: en la manera del ocioso no amanece y la velocidad recorre los jardines.
La mortalidad de su belleza es lo que da para empezar: a punto de quedarse callada encuentra una perla y el apodo. Vida como d?diva duradera, como ha sido la del b?falo, y detr?s la pantera. Entre zancadas hasta cruzar la bruma m?s all? del alba a?adida a la persona del paje que pregunta por el anfitri?n. A tiempo de tener lo que nunca naci?, la ma?ana derrama lebreles de brillo, la letra que a la voz anuncia naciones, nada m?s que la soluci?n de siempre. Llega la lluvia, la costumbre del agua y el ocio que por cierto cae en desuso: la luna en el heno hace a la planicie, el invierno al venado que alcanza a ceder. Por su hez ha sido el sitio disminuido, en algo convertido como cuerno y ah?: la flecha conocida al quedarse clavada el cuerpo dispuesto por la posibilidad. Podr?a resumirse as?: el margen de los recuerdos originando un gerundio y a la canci?n llevada al grazno del susurro. Ciervo, verdad y arboleda por dentro: la casa encuentra el coto desconocido. Duerme la piel a pesar de lo que pasa. Los ojos dan por verdad a las palabras las cosas buscan un lugar en la mirada.
Lo ?ntimo atrae a la intemperie. Rastro a ras de la escolopendra y algo de logos en la caparaz?n. A su lado las paralelas se alzan; feliz remordimiento de la raz?n. Anda, ?ltima libra del gal?pago, que ya grazna el peso anacarado, su pa?s de piel aparte ya de todo. Presocr?ticos a usanza la vieron rodar entre sospechas enhebrada a las obras que vaciaban el plan. ?De alcurnia igual a un leopardo? Ca?da del aire, casi por dentro: oscura de panoplias por el fr?o, sigui? hasta salirse del nombre. Al detenerse, se sinti? Aquiles.
Las patas de la cama nos separan del mundo De la m?s turbia sonoridad de estrellas, m?s turbaba la flama la consagraci?n del gineceo. Zurcir del celebrante en la sorna del pigmeo y espuma que alcanza el mar de las levedades. Tropelando la jaba antes de entrar en reposo no dejaba que el desvelo apresurara el final. Bajo la tolerancia el cielo en su semejanza todo era bruma y todo charco y anguilas todo. Lenguaje en sarong de p?rpura popelina de la bella diciendo bien que me follas escarabajo. Y en el pasmo los engrudos y en la jarana de la haragana embalsamada, s?ndalo y arandela. Romance de bucanero como de novela japonesa sin olvidar los camotes de alardeos al loarla. De lo que vieron ni un ojo abierto olvidar?n: del aire debajo y viendo los pies de la isla.
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La cifra de la contemplaci?n Sarna de zarigüeya que en otra parte se convierte en amuleto hind?. Donosuras del zahor? cuando sus ojos inventan la mirada que los ve.
Im?genes de la voz De espaldas en el espejo, nada de venado veloz ni nataci?n de s?labas a solas en el lenguaje; apenas un haz de luz y aquello si lo era, como asombro de m?s cielo y carne invisible de dos en el aire canjeando soledades.
La luna del m?s feliz Del deseoso la prisa raspando el rastro aéreo donde los besos tras la estampida de los becerros en una historia de amor se asemejan a hacer un sismo en la piel apoltronada de los lebreles al iluminar con lumbres de v?lvula sonora la alcoba que tejer su sierpe suele con m?s bello decir de palabras que juntas se l?an en asmodeo o veloz regodeo cuando no m?s pavoneo que la esperanza de la luz all?: ?leo de lobo al hermosear la luna llena ni mejor materia que raspaje de lobiz?n en la capa de ozono al drizar parecido al gozne en ciernes de aquel que melosa chatarra o paisaje de electrodomésticos imagina en la cuenta exacta de la letra donde nada no haya ni nudoso n?yade ya.
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EDUARDO ESPINA naci? en Montevideo, Uruguay. Public? los siguientes libros de poemas: Valores personales (Buenos Aires: La m?quina de escribir, 1982), La caza nupcial (Buenos Aires: ?ltimo Reino, 1993), El oro y la liviandad del brillo (Ciudad de México: Universidad Aut?noma Metropolitana, 1994), Coto de casa (Jalapa, Graffiti, 1995). También public? los ensayos El disfraz de la modernidad (Toluca: Universidad del Estado de México, 1992) y Las ruinas de lo imaginario (Montevideo: Graffiti, 1995), libro que obtuvo el Premio Nacional de Ensayo de Uruguay en 1996. Reside en Estados Unidos, donde se desempe?a como profesor universitario. |
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