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Los peces muertos de la fuente, ¿acaso sienten su frío caído de lo alto? ¿acaso miran con asombro mi nuevo traje ceñido como un cinturón de tela revuelta por las aves del viento? Cada día, en el autobús, cruzo cerca de ellos. El hombre de siempre, inclinado sobre la fuente pule sus escamas de piedra. Los peces muertos, ¿en qué piensan si no pueden nadar?
Los ahogados, indigestos de sal y musgo, salvaron a las aguas de su soledad. Aquí están, uno tras otro hacia la insignia del coral. Sus voces y sus pasos, antaño indetenibles, rebosantes en el agua. Aquellas banderas, ahora de lapislázuli, y el himno secreto, sin olor, olvidado de las letras. Mis amigos, los ahogados, sin gloria, alabaron mi nombre vuelto en sus bocas agua y me llevan en la marea de sus rostros.
En sus esquinas hay cuerpos de toros, lgunos con cabezas humanas. Y en sus dormitorios todavía criados medievales. Es el hotel que tiene su nombre. Viajero, llego a la esquina de los toros y sin aliviar mi fatiga, sin esperar otro naufragio, descubro que lo llaman Borges, ofrece el nombre. Es su hotel, Borges, se esquina en la antigua Lisboa, está allí aunque nada saben de su nombre. Cuidan la estatua de Ricardo Reis o su sombrero mientras hablan; quizás imaginen que mis gafas son como las de Ricardo Reis. El peligro, dicen, cuando avanza no distingue. Ellos no ven la arteria de sus manos luchar contra el relámpago en las habitaciones del relámpago, donde las señoritas dicen “señor” y los ascensores aguardan nuestros pasos, quietos como unicornios domesticados. Puede que todo se le parezca menos este hotel que nombran Borges. A cada momento me ilusiona que pueda entrar o salir, pero se trata solo de unas habitaciones misteriosas, de un edificio que se acoda en el viento, Borges con una máscara diferente. Una placa de cobre a la entrada, encima del edificio, es quien señala su nombre. No he vivido en este hotel, cruzo con pasos tranquilos pensando en los sueños de la próxima noche o la siguiente. Al fin del viaje, esquivando a los porteros, su largo camino, veo a María Kodama, el pelo de plata, atraviesa el umbral. La llamo arqueando los dedos. -Acércate, también, dice, quizás viene enseguida, quizás te vea. Pero él no entiende de los edificios ni de las esquinas, aunque una placa de cobre aquí arriba señale su nombre. (Portugal)
Qué pacifista la gente de aquí, ofrecen las dos mejillas, si más tuvieran las ofrecerían a su destino; mientras tus labios buscan palabras que recuerden. Aquí la gente no conoce la maldad. Más vale que se enjaulen en su aburrimiento -hasta prefiero su mansedumbre- pues ellos no han sabido de guerras. Es como si Speilberg no los hubiese invadido con sus dinosaurios. No se desangraron por las túnicas de Kubric. Les digo: -Ay de sus inteligencias. Y me protejo bajo sus mismos paraguas. Aquí ríen mucho, sin miedo, tocan mi barba crecida y carcajean: -Háblanos de lo que sabes, de tus esteras. E...S...T...E...R...A...S. Y arrastran la palabra como un paño extendido. La gente, aquí, me confunde con un cuentero y me llevan, amablemente, con bondad, en sus brazos. (Portugal) ¡Ay de la leona en su ataque! Como una olla hirviente será su ataque. Arrastra en su sombra una espina encarnada. Juega el hambre con la leona. Sus colmillos van a restañar las murallas. Los veo relucir en nuestras caras. Aguardamos en primera fila. Y resplandecen. Y se agitan como anhelantes plumas. El ataque de la leona nos sorprende, o quizás algo más recóndito, quizás el aliento de los antepasados, quizás aquel ciego, o Spúlveda, quien contaba la vida del viejo que leía novelas de amor. Quizás no esté ella lejos de las flechas que hieren su garganta desde la tabla asiria donde se revela todo menos su ataque. Ay de la leona, vigilada por nosotros, anunciándose al otro lado, contenida solo por un dedo de cristal. Así la vemos, dibujándose en su imagen. Y agoniza su ataque ante la quietud con que miramos.
Suceden cosas mientras duermo. Ayer, la vecina solterona quemó su casa y todos nos ahogamos en su fuego, el fuego que sucede cuando ella abre sus piernas. Otras cosas suceden, por ejemplo, sucede que duermo entre las nueve y hasta las nueve -sucede que no tengo bastante tiempo-, por ejemplo, sucede que pasan las gentes y nuestra otra vecina dormita en el umbral de su casa vacía, solo habitada por almas gritonas y el traqueteo de unos platos de la época de Alfonso XIII. Y así, suceden cosas, otras más, mientras sigo durmiendo sin hallar quién me cuente eso que sucede. Y no sé que los vendedores bajo mi casa roban libros, mis libros, y los venden como papel barato a los gitanos. Sienten que duermo tranquilo, modestamente, y ríen con amabilidad, se acarician la piel el uno al otro como por contagio, y nada sucede, nada. Intento adivinar la luz en la orilla oscura y no puedo, quizás vuelvo la cabeza hacia una pose más cómoda, solo eso sucede. Todo el día duermo entre las nueve y hasta las nueve, esperando que suceda alguna cosa. Así es de profundo mi dormir.
Llóralo bien, mas llóralo todo. Le interesan tus palabras, pero está dividido y sabes que todo no lo tendrás. Llóralo... Tu llanto producirá la fina grieta en esta duermevela que llovizna, el relámpago chispeante. Llóralo bien, por el azar que acaso sea o el próximo amanecer. Y esperemos aunque, a cada instante, desaparezca. Llóralo bien, mas no ante la sorpresa que filtra sus dedos en nuestras costillas, no ante la sorpresa que sin llegar toca el espacio. Llóralo bien, llóralo, no le dejes bajar la mirada ni transformarse en otro. Dale lo suyo que se levanta en ti. Y llóralo... Sin él no habrá mundo para ti. ...Todo No dejes que escape, sin más. Llóralo bien, mas llóralo todo.
Nuestros caballos de cola y madera y clavos eran conducidos. Pero ahora nos patean. ¡Ay de este sopor! Nuestros caballos de cola y madera y clavos, nos deshacen costilla tras costilla.
Es el momento y su sombra acaso sea yo. Es rojo y me ahoga en su tinta, el momento; las metáforas se embisten contra sus paredes de olvid , insaciables, eligen, por fondo, el infinito. El momento... Ay de su ausencia entre un susurro y otro, chasquido igual a este que se acerca débilmente ruidoso. Su ligereza es la de un disco que revolca. Escucho. Es el momento quien viene y se va. Yo quien aguarda. Las estaciones Las estaciones, fulgurantes, suavizan su sonrisa. Pongo la cabeza sobre la almohada. Sus ligeros sueños como águilas avazan hacia el límite de mi garganta, también fulgurantes. Y nuestros pasos corren tras su mar. No vemos el fondo. Las estaciones. Aparecen con las piernas desplegadas. Frotamos el amargo vello tembloroso, lo sacudimos y se marchita, contamos sus comas entre una letra y otra. Tejen el vestido de la partida Y, airados, lo devolvemos. ¡Qué falaz! ¿Por qué nos acostamos sobre la misma cama? ¿Por qué sostuvimos sus ladrillos en invirnos lluviosos? ¿Por quécortamos la cresta de sus rejas? ¿Por qué vijilamos cada vello de sus axilas? ¿Por qué cosechamos el aceite de sus momentos mágicos? ¿Por qué hablamos de sus ardides ahora, mientras escribo estas preguntas sin orden? Las estaciones… Andar sin ruido de un confín a otro o abandonar las luces de Gran Vía dejando las manosabandonadas, suspirantes, o quizás solo abandonadas. Así, sentir cómo se respira el aire. Las estaciones que temo advertir. Debo dibujar sus costillas y sorprender sus mariposas lumínicas y sus epidemias… Quien se acerca a ellas se inclina hacia mí señalando su presencia. Las estaciones, fulgurantes, se detienen. Me escuchan marchitarme, Impasibles. Las estaciones.
Cuando me divises en el gentío de las nubes, custodiado por mi silencio y la soledad de los muertos que viven en mi alma, llámame sin nombre porque no responderé. Vacío Tu imaginación desborda los vértices de mi muro. Mientras los otros continúan rodeando un círculo vacío.
En espejos marchitos diluyo mis pasos en busca de un abismo impoluto aún. Otra cara Los pavos reales de la mañana me encierran en su marco. Al fin me prohíben hablar y surge otra cara, otra mirada de pavo real. Mi noche y tu mañana La noche continúa ruidosa.
de la mañana, burlona, pretende ingnorarla. Como la noche continúo y la mañana, burlona, pretende ignorarme y niega con su cabeza. Luz Chorro ciego ardiente de círculos, cataratas que ignoran su cauce despeñado. Esta noche, ¿qué claridad presagias? ¿Por qué? Las sierras Temblorosas Se enchumban Con la leve Somnolencia
De la madera. Lloran.
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